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Los durmientes, mar dulce en el CCMATTA, Buenos Aires.

El mar como lugar de memoria

Referir al dolor, a la ausencia, al terror, y hacerlo en clave poética, no resulta sencillo para un artista visual. Al revisitar el pasado, la buena voluntad o el férreo compromiso político no bastan para construir un cuerpo de obra que logre conmover pero también sembrar interrogantes, que consiga reactivar el pasado crítica y poéticamente. Abofetear conciencias dormidas con excesos de expresividad e iracundia no suele dar buenos resultados… Cuando el horror se presenta a modo de espejo sin mediación, sin metáfora, la obra no logra entablar empatía con el espectador y éste, irremediablemente, se retrae, se esconde o se escapa.

Muy por el contrario, la obra de Enrique Ramírez resulta balsámica, sugestiva, sin por ello dejar de provocar esa dosis de necesaria incomodidad, de perplejidad, que pone en jaque los lugares comunes, las certezas, e incluso, los prejuicios que campean sobre las producciones artísticas que aluden al pasado reciente. Para este joven artista chileno la potencia de la belleza no se riñe con la seriedad y el respeto hacia la problemática que aborda. Así, Ramírez construye metáforas en torno a la historia política de su país, a las migraciones contemporáneas y a los exilios forzosos que el poder del capital global empuja con fuerza hacia afuera de las naciones o hacia adentro de los propios sujetos, trastocando identidades, forzando intercambios impensados, alterando profundamente la percepción y la vida cotidiana de millones de personas. Su trabajo evidencia problemáticas sociales y en su obra confluyen intereses políticos y existenciales pero siempre pensados a partir de la imagen, interrogando y explorando el poder que tienen las imágenes para transformar la realidad.

 

Extracto texto escrito para la exposición por

Florencia Battiti

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